Juan Rosell: “Hay que acabar con esa batalla entre lo público y lo privado”

28 May

Con estas palabras el presidente de la CEOE se despachaba a gusto con la sanidad y la educación (“públicas“, lógicamente), en el II Foro de Economía de El Mundo de Castilla y León celebrado hoy en Valladolid.

“Hay que evaluar los resultados de las grandes inversiones realizadas por la administración pública en sanidad y educación” (nos decía), no sólo porque “se ha gastado por encima de nuestras posibilidades“, sino porque dichas inversiones “no han dado resultados objetivos“. Como ejemplo de mala gestión sanitaria no se le ha ocurrido otra cosa que señalar el alto coste que supone la atención de “pacientes crónicos” (prueba clara e inequívoca de que la sanidad pública es ineficaz, cara e insostenible).

En relación a la educación, más de lo mismo: “habría que plantearse si  con esa ingente cantidad de dinero que dedicamos, estamos sacando resultados“.

Ante este panorama la solución pasaría, según el presidente, por una “industrialización de la sanidad y de la educación”, en una clara apuesta por la rentabilidad de las mismas y, ya de paso, “acabar con esa batalla entre lo público y lo privado.

Siendo de “letras” como soy, no puedo menos de sorprenderme ante manifestaciones de este tipo (algo de lo que, de paso, me alegro). Me sorprende la frescura con la que se mercantilizan derechos básicos. Me sobrecoge el desparpajo con el que se destierra del debate sobre la sanidad, todo aquello que tenga que ver con la “salud”, creando en su lugar un marco ilusorio y artificial, desde el que las únicas cuestiones relevantes y lícitas son aquellas que versan sobre la rentabilidad, el beneficio económico o los famosos “resultados”

¿A alguien se le escapa que los pacientes crónicos no son rentables? A las empresas dedicadas al negocio de la salud está claro que no; de  otro modo no se entendería la práctica de derivar sistemáticamente a los pacientes graves y/o crónicos a la sanidad pública ¿Será entonces que los ciudadanos aspiramos a convertirnos en “pacientes crónicos”? Si así fuera, sería lícito plantearse (como en su día hizo la viceconsejera de Asistencia Sanitaria madrileña, Patricia Flores) “si tiene sentido que un enfermo crónico viva gratis del sistema” Entonces, ¿qué hacemos con los enfermos no-rentables? (esta pregunta va dirigida al Señor Gallardón).

¿Desde cuándo la educación y la salud deben ser accesibles a los ciudadanos en función del resultado? ¿Qué “resultados” deben ser considerados realmente como tales y cómo  han de ser “evaluados” (qué criterios han de tenerse en cuenta)? ¿Desde cuándo la sanidad es un negocio (lo siento: esta pregunta es muy fácil de responder) y por qué ha de serlo?

Dejemos tanta pregunta a un lado y vayamos a las soluciones. El presidente de la CEOE lo tiene claro: hay que “industrializar la sanidad y la educación y acabar con la batalla entre lo público y lo privado“. Personalmente, creo que el sentido de estas afirmaciones queda mucho más claro si invertimos el orden de las mismas, con lo que la cosa quedaría más o menos así: hay que “acabar con la batalla entre lo público y lo privado, industrializando la sanidad y la educación“.

Para que no haya “conflicto” alguno entre lo público y lo privado, para que los servicios públicos no compitan deslealmente con la gran empresa, eliminemos toda asimetría existente actualmente entre ambos. Hagamos de los servicios públicos “empresas” eficientes, solventes y rentables. Para ello, dejemos la salud y la igualdad de oportunidades (educación) en manos de ávidos emprendedores, comprometidos en la obtención de “resultados”. Convirtamos lo que es de todos en empresas (privadas). Que sean éstas las que decidan qué criterios deben regular el acceso de los ciudadanos (clientes) a los derechos básicos, así como la amplitud de los mismos. Desterremos, de paso, el término “público” y busquemos fórmulas  innovadoras para superar la dualidad. No hablemos de “privatización”, sino de “titularidad”, “gestión”, “co-gestión”, “indi-gestión”, “externalización”…, dejando bien claro que buscamos el ahorro, la eficiencia, la calidad de los servicios, la excelencia…

Junto a esta noticia, la Cadena Ser nos adelantaba hoy un proyecto del Ministerio de Fomento por valor de 3.000 millones, de cara a nacionalizar las autopistas ruinosas de nuestro país. Grandes empresas que, incapaces de encontrar rentabilidad, eficiencia y “resultados” en su gestión, se ponen bajo el amparo de lo público, con el fin de ser rescatadas por el Estado.

No sé si es también a esto a lo que se refiere el señor Rosell, cuando propugna con vehemencia “acabar con la dualidad público-privado“. Es posible que la superación de la asimetría pase (una vez más) por privatizar los beneficios y hacer públicas las pérdidas.

Para unos, una de tantas contradicciones y cuentos neoliberales. Para otros, un ejercicio de imaginación y creatividad empresarial (y de responsabilidad política).

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