El “fiestón” de la solidaridad (la mayor injusticia).

10 Feb

Toda solidaridad es buena, salvo los impuestos” (Soledad Gallego, El País, 9/2/2014)

Todo tipo de solidaridad es digno de estímulo. Todas sus maneras de manifestarse son alabadas y consideradas legítimas por el Gobierno. Salvo una: los impuestos. Y sin embargo, en las sociedades democráticas desarrolladas se supone que es la política fiscal la que más interviene, la decisiva, a la hora de provocar un trasvase solidario de recursos.

Lo insólito no es que el Gobierno, en mitad de la crisis, hable de modificar tal o cual impuesto, cuya reforma parece técnicamente aconsejable, o que impulse la adaptación de determinados aspectos del IRPF o del impuesto de sociedades. Eso es siempre razonable y, muchas veces, necesario. Lo que es un poco extravagante es dar aliento a la solidaridad entre los ciudadanos, utilizarla como motivo de autoestima y como referente moral de una sociedad que hace frente a una crisis económica formidable, y a continuación difundir el mensaje de que “hay que bajar los impuestos”, así en bloque.

caridad o justiciaPodría pensarse que la presión fiscal española es superior a la media de la zona euro y que es imprescindible corregirlo. Pero no es así. Según Eurostat, la presión fiscal media en nuestros socios fue en 2012 de 46,3 puntos, frente a los 37,1 en España.

¿Cómo se defiende algo así? Pues con convicción, con la formidable convicción de que no hay que dirigirse a los ciudadanos ofreciéndoles evidencias, sino posiciones ideológicas, presentadas como opciones morales. Eso es lo que, según el profesor estadounidense George Lakoff, gran especialista en comunicación política, la derecha sabe hacer maravillosamente, mientras que la izquierda cree que basta con sumar y restar y pedirles a los ciudadanos que voten de acuerdo con sus intereses. Grave equivocación, porque la experiencia muestra que a los seres humanos no les inspira su mero interés, sino que se dejan llevar más frecuentemente por argumentos morales.

Lakoff, entrevistado esta semana por The Guardian, está furioso. Cree que los socialdemócratas (liberales en Estados Unidos) son tan responsables como los conservadores del retroceso del progreso social que experimentamos. Lo son porque han renunciado a argumentar y defender la superioridad de sus valores sociales, como lo público frente a lo privado; una paga justa por el trabajo, frente a los minijobs; o la educación y sanidad, como derechos que financia la comunidad, frente a quienes los encaran como un sector más del mundo de los negocios. Es verdad que nunca dejaron de sostener la inmoralidad del racismo o de la homofobia, pero, incluso, han empezado a flaquear en la defensa de los derechos de los inmigrantes y exiliados, como sucede en Francia con los gitanos o como reflejaron esos terribles autobuses londinenses que circularon por la ciudad exigiendo a los inmigrantes sin documentación: “Go home”, vete a tu casa, lárgate.

“No existe el centro”, fulmina Lakoff. La izquierda cede el espacio en el debate moral, con la impresión equivocada de que así todo se irá acercando a un centro idílico. Pero cuanto más cede, más claramente los conservadores expresan su propia visión de la sociedad.

Un ejemplo clásico de George Lakoff es el análisis de cómo los conservadores han impuesto el concepto de eficiencia como valor absoluto, y su derivada de que no deben existir barreras en la búsqueda del beneficio. Otro es la habilidad con la que lograron dominar el debate sobre los impuestos con una simple expresión: “alivio fiscal”. Si es un alivio, tiene que ser bueno. En esas estamos nosotros también: el famoso alivio fiscal no desaparece de la boca de nuestros gobernantes. Incluso cuando han subido los impuestos, se las han arreglado para alimentar en nuestras cabezas la idea contraria.

Una advertencia última. Según Lakoff, los progresistas se empeñan en seguir atentamente lo que indican los sondeos. “Los conservadores no siguen los sondeos: quieren cambiarlos”. Se gana espacio político no cuando se queda uno en el medio, sino cuando se logra la aceptación de tu propio esquema de valores como si fueran producto del sentido común”

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