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Pablo Iglesias: “La corrupción como forma de gobierno”

25 Sep

25/9/2015

Fragmento del libro de Pablo Iglesias, “Disputar la democracia. Política para tiempos de crisis“, sobre los numerosos intentos por convertir la corrupción en un mal radicado en la naturaleza humana y, en consecuencia, en algo perfectamente generalizable a cualquier profesión. Frente a este tratamiento falaz (y bastante benévolo) de la corrupción, solo cabe resituarla en el lugar que la corresponde: el de las reglas de juego político actualmente vigentes.

Éste es el fragmento.

Alan Greenspan recurrió en su momento al pesimismo antropológico para explicar la corrupción: para el antiguo presidente de la Reserva Federal estaría en la “naturaleza humana“. Los partidos políticos del turno español no van tan lejos y suelen sostener que la corrupción en la política es equivalente a la de cualquier profesión; puede haber algunas manzanas podridas cpablo iglesias disputar la democraciaomo en todas partes, pero la gran mayoría de los políticos son gente honrada. 

Atribuir la corrupción a la naturaleza humana o compararla con la falta de honestidad individual en el ejercicio de una profesión resulta tan falaz como comparar el presupuesto de una familia que no llega a fin de mes con la hacienda pública, para justificar los recortes sociales. Una familia no puede perseguir el fraude fiscal, ni emitir bonos de deuda, ni aumentar
la progresividad del sistema impositivo. Y del mismo modo, la corrupción no tiene que ver tanto con la ética individual como con las reglas de funcionamiento de la política. Esos intentos de “despolitizar” la corrupción (Slavoj Zizek apunta, muy inteligentemente, que la “despolitización” es una operación ideológica crucial) recuerdan esos argumentos que pretenden definir el fascismo como una patología mental antes que como fenómeno histórico social y político
“.

Iglesias, P., Disputar la democracia. Política para tiempos de crisis, AKAL Pensamiento crítico, Madrid, p. 153.

5/10/2015.

Ampliación: García-Margallo y la falacia naturalista

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Educación contra la Lgtbfobia (Beatriz Gimeno)

20 Sep

Artículo de Beatriz Gimeno en eldiario.es

España es, según la mayoría de los estudios, el país menos homófobo del mundo. Eso dicen las cifras, pero lo dice también el sentido común y la percepción propia cuando se sale fuera. Por razones largas de explicar y que no caben aquí, España se ha convertido en unos pocos años en un lugar en el que las personas lgtb pueden vivir razonablemente seguras y con posibilidad de desarrollar vidas plenas. Por supuesto que la lgtbfobia existe, y es mucho mayor incluso de lo que parece. Y hay, además, momentos de la vida en los que esta lgtbfobia es mayor y más peligrosa, como en la adolescencia cuando las identidades relacionadas con el género están en formación, son más débiles y para asegurarse se aferran a estereotipos hegemónicos socialmente. Los adolescentes más inseguros o más dependientes de la aprobación ajena (casi todos en esta edad) buscan refugio y fortalecer sus frágiles identidades entre los pares, con sus iguales; y lo hacen, por lo general, mediante representaciones más o menos ritualizadas de los roles sexuales, de la masculinidad extrema, en este caso. La masculindad extrema se basa, entre otras cosas, en la exclusión radical de la homosexualidad. En la adolescencia, muchos adolescentes inseguros, obligados por la presión social a realizar constantes afirmaciones de su masculinidad heterosexual, pueden llegar incluso, si dicha presión no se rebaja, a agredir, a burlarse de, a reírse de la expresión de otras identidades sexuales. El chico o la chica que sea lesbiana, gay, bi o trans, no tendrá espacio social para fortalecerse, sino que, al contrario, se esconderá, sufrirá, buscará más bien hacerse invisible, mimetizarse en esa supuesta normalidad que le excluye. Y si no lo hace bastante bien es muy posible que sufra acoso, que sea agredido verbal o físicamente. Durante la adolescencia, los chicos y las chicas que por la razón que sea sientan que no forman parte de la mayoría son especialmente frágiles y van a necesitar ayuda de los profesores/as y de las instituciones educativas. Constituye una obligación de la escuela democrática ayudar a equiparar la diferencia de poder entre los chicos y chicas que ostentan la hegemonía social y cultural y aquellos que están en los márgenes. Es una obligación escolar que hay que cumplir en nombre de la construcción de una ciudadanía respetuosa con los otros y las otras, democrática, abierta e inclusiva.

Las agresiones por lgtbfobia están creciendo en Madrid. Los agresores son chicos jóvenes (menores de 20 años la mayoría) que han nacido cuando la igualdad legal era un hecho –o estaba a punto de serlo– en este país. Durante muchos años, los años de la lucha por la igualdad, los años en los que las reivindicaciones lgtb entraban en los informativos, los años en los que el gobierno y las instituciones se mostraban muy favorables a apoyar esa igualdad, las agresiones eran muy escasas. El efecto del cambio de ambiente político ha sido demoledor en este sentido. Los nuevos gobernantes no apoyan los derechos lgtb y eso se nota en la calle. Las instituciones educan, naturalmente; y su acción tiene un efecto performativo sobre toda la sociedad. Si quien gobierna no cree en la igualdad, aquellos que tampoco creen en ella, los que tienen dudas, en lugar de ocultarse por sentirse en minoría, se sienten más fuertes y legitimados en su rechazo. Un rechazo que, en el peor de los casos, puede llegar a la agresión.

El Partido Popular hizo de la desaparición de Educación para la Ciudadanía uno de sus objetivos cuando estaba en la oposición. Una asignatura que educaba en valores de convivencia, democráticos, de ciudadanía y que, además, se imparte en la mayoría de los países europeos. Estar en contra de esta asignatura demuestra dónde se sitúa la derecha española: allí donde se considera que los derechos humanos son discutibles. Soy de la opinión de que los valores no se pueden enseñar en una asignatura, sino que es necesario trasversalizarlos en todos los planes de estudio. Hay otras propuestas más interesantes, como los planes de convivencia, pero en todo caso, es importante otorgar legitimidades en un sentido u otro. Se trata de demostrar dónde se sitúan las instituciones democráticas respecto a estas cuestiones. Y queda claro que cuando gobierna el PP, las instituciones, los gobiernos, se sitúan del lado de la lgtbfobia o, como mucho, no están interesados en combatir este tipo de violencia, que puede que no apoyen explícitamente, pero que deben pensar quizá como inevitable en el mundo heterosexuadamente normado que imaginan. Las disidencias, piensan ellos, que paguen su precio.

La presidenta de la Comunidad de Madrid, Cristina Cifuentes, no es una persona lgtbfóbica, sé que no lo es. La duda que me queda es si consentirá que su gobierno y sus políticas lo sean. Me temo que sí, que su enfrentamiento con los sectores más reaccionarios de su propio partido no va a ir tan lejos como para hacer lo que están haciendo otras muchas autonomías no gobernadas por el Partido Popular, introducir asignaturas de enseñanza en valores de convivencia y apoyar la formación en diversidad afectivo sexual. El jueves 17, como diputada autonómica me he estrenado preguntándole al gobierno de Cifuentes qué piensa hacer en el terreno de la educación para combatir las agresiones por lgtbfobia, y le voy a recordar que la sanción no es bastante, que es necesario sancionar a los agresores y atender a las víctimas, pero que siempre hay que educar. Que eso es lo que hacen las naciones democráticas cuando tienen un problema de este tipo: educar. Más y mejor educación en derechos, en ciudadanía, en democracia, en igualdad, en inclusión; esa es la respuesta. Para los futuros agresores, por supuesto, pero también para los propios alumnos y alumnas lgtb que siguen viviendo en un oscuro armario.

“Hacer a los pobres más ricos es bueno para el crecimiento” (dice el FMI)

19 Jun

Artículo de Teresa Cavero en eldiario.es (16/06/2015)

El Fondo Monetario Internacional se ha transformado en una caja de sorpresas. No ha pasado ni una semana desde que lanzara su última recomendación a España sobre la necesidad de subir el IVA, flexibilizar aun más el mercado laboral y fomentar el copago sanitario y en educación, cuando hoy publica un informe que contradice en el fondo y en la forma la bondad de sus propias recomendaciones, y dice cosas como que el auténtico motor del crecimiento económico es la mejora de las condiciones de vida de las personas pobres y de la clase media.

En su nuevo informe el FMI afirma que el aumento de la desigualdad es el mayor reto de nuestra era, sobre todo en los países avanzados, y destaca que la distribución de la desigualdad impacta en el crecimiento económico y que los políticos harían bien en centrar sus políticas en las personas más pobres y en la clase media si quieren promover el crecimiento económico.  Dice también –el FMI, no perdamos la perspectiva- que la equidad, como la justicia, son valores importantes para todas las sociedades. Que la desigualdad puede ser una señal de la falta de movilidad social y de oportunidades, un reflejo de la situación de desventaja de ciertos segmentos de la sociedad. Para quienes llevamos décadas defendiendo la necesidad de que las políticas públicas deben, sobre todo, mejorar las condiciones de vida de las personas más desfavorecidas, y criticando el papel que ha jugado el FMI en la liberalización de la economía mundial y durante las crisis en los años 80 y 90 en países de América Latina, África y Asia, y ahora en Europa, estas afirmaciones tocan lo más profundo de nuestras emociones.

Vean el siguiente gráfico, sacado de dicho informe, titulado: “ Hacer a los pobres más ricos es bueno para el crecimiento”, donde se muestra el impacto que tiene sobre el crecimiento del PIB el aumentar la participación de distintos tramos de población por ingresos:

Fuente: Dabla-Norris, et al, forthcoming

Fuente: Dabla-Norris, et al, forthcoming

Lo que viene a decir este gráfico es que cuando aumentan los ingresos de las personas situadas en el 20% más rico de la población, el PIB se retrae. Es decir, enriquecer a los más ricos, no beneficia ni a la economía, ni a la sociedad en su conjunto –si acaso, favorece a ese 20% más rico-. Por el contrario, una mejora en los ingresos de las personas que se sitúan en el 80% más pobre de la población, genera crecimiento económico, tanto más crecimiento cuanto más mejoren los que están peor. Es decir, si se quiere promover el crecimiento económico, hay que mejorar las condiciones económicas de los más pobres y de la clase media.

Este informe se suma a los ya publicados por el FMI en 2011 y en 2014, en los que alertaba sobre el impacto negativo de la desigualdad sobre el crecimiento económico y su sostenibilidad. Ahora sólo falta que el propio FMI haga un ejercicio de coherencia interna entre sus análisis y las recomendaciones que hace a los países.

Así las cosas, con el FMI tan cerca de las visiones de la sociedad civil, ¿dónde quedaron los principios liberales de crecimiento gracias a la acumulación de riqueza en los sistemas empresariales que nos recordaban los adalides del neoliberalismo? Si el FMI dice que la desigualdad es un freno al crecimiento y a la estabilidad macroeconómica, ¿quién va a defender ahora que sean los más pobres y las clases trabajadoras quienes soporten el grueso de la carga fiscal –mediante el IVA y el IRPF-, y que no se pueden subir los impuestos a quienes más tienen, y que mejor no gravar a las grandes empresas, no sea que frenen su actividad? ¿quién va a justificar la privatización de la sanidad y de la educación para rendir preparados y recios directivos, en vez de promover una sanidad y una educación públicas, universales y de calidad, que garanticen la igualdad e oportunidades para todas las personas? Son tantos cambios en una sola semana, que lo menos que podemos hacer es dejar correr unas lágrimas de emoción.

Jacques Rancière: ¿Qué es el socialismo?

9 May

Recojo aquí un artículo del filósofo Jacques Rancière, en “Interferencias” de eldiario.es, sobre el socialismo o las señas de identidad de la ideología de izquierdas.

La realidad que vivimos se ha vuelto tan obscena que la crítica se hace demasiado fácil y amenaza inutilidad. Lo que resulta más complicado es formular lo que queremos (y no digamos ya construirlo en la práctica). Afirmar otra idea de la vida colectiva, sin la cual sólo podemos dar vueltas (más o menos cabreados) en el círculo de lo existente. En su último libro, que es una larga entrevista sobre su obra con el título de El método de la igualdad, el filósofo francés Jacques Rancière vuelve sobre la idea de “socialismo” que ya analizó en sus primeros trabajos sobre el movimiento obrero. Esa vieja idea, ¿tiene aún algo qué decirnos? ¿Podemos redefinirla y reapropiarnos de ella de un modo que sea útil a las luchas del presente? ¿Qué discusiones dispara sobre las relaciones entre lo público (estatal) y lo común (autoorganizado)? 

Hay varias maneras de entender aquello que es central a la idea socialista. En el sentido más global podemos decir que la idea del socialismo es la de un mundo que no tiene por principio organizador el interés privado. Como por otra parte sabemos que el interés privado no es, como suele decirse, el interés de todo el mundo, sino el de un pequeño grupo de individuos, esto es lo mismo que decir que la idea del socialismo es la idea de un mundo que no está estructurado por el principio de la búsqueda del máximo beneficio para el capital. Lo cual desde mi punto de vista significa dos cosas.

Miguel-Brieva_EDIIMA20130402_0031_5Por un lado, la idea de socialismo es la idea de un mundo en el que los bienes comunes necesarios a todo el mundo para la vida son en la mayor medida posible propiedad de la comunidad y su régimen de uso está en función del interés de la mayoría. Es un mundo en el que el agua, la tierra, los medios de producción, la educación, la salud, los transportes o las comunicaciones están al máximo nivel posible al servicio de la mayoría. Lo cual quiere decir también -y a pesar de todo la experiencia lo ha demostrado- que son la propiedad de la mayoría. Se trata de un primer principio que podemos percibir, a sensu contrario, por la manera en que desde hace veinte o treinta años todo lo que se consideraba la propiedad de la mayoría ha venido privatizándose cada vez más y se ha sometido a una lógica del beneficio.

La segunda cosa que es central a la idea de socialismo sería la idea de asociación, es decir, que aquello que es común sea gestionado en la medida de lo posible de acuerdo con formas que sean las formas de ejercicio de un poder de cualquiera o de un poder de la mayoría. El socialismo define así un tejido social en el que tanto las formas de producción industrial como toda una serie de formas económicas y formas de vida que tienen que ver con la educación, la salud o la comunicación, están gestionadas al mayor nivel posible bajo una forma asociativa y democrática. En la idea de socialismo está inscrita de alguna manera la idea de propiedad común de aquello que es necesario a todos, y en segundo lugar la idea de un ejercicio óptimo de una capacidad de cualquiera bajo las formas asociativas.

Podemos concebir el socialismo en términos de máximos o de mínimos, desde una cierta visión maximalista de una sociedad sin clases y completamente en manos de los productores, etc., a una visión minimalista que vendría a ser un poco lo que hemos conocido hasta ahora, el sistema que se ha dado en llamar -maliciosamente y para destruirlo- “Estado providencia”, que de hecho quiere decir “tejido social igualitario”, lo cual es algo bastante distinto (que los pobres puedan ir a los mismos hospitales que los ricos, la igualdad entre las formas de vida de cara a la educación, los transportes, los cuidados, etc.). Aquello a lo que podemos llamar “socialismo” es ese doble aspecto de propiedad común de aquello que concierne a la mayoría, y de participación de la mayoría en la gestión de esa propiedad común. Es algo que conserva su actualidad a día de hoy, cuando vemos todo eso alejarse, un poco como el barco del que habla Winckelmann al final de su Historia del Arte, llevándose consigo una representación amada de la comunidad. Pero es algo que todavía tiene un sentido.

Dicho esto, hay que tener en cuenta por otra parte que “socialista” es también el nombre genérico de aquellos que bajo formas diversas no han dejado de traicionar lo que la idea de socialismo contenía. Así que nos hallamos en esta conjunción en la que la palabra “socialismo” puede todavía definir un cierto pensamiento fuerte de la propiedad común y de la capacidad común y, al mismo tiempo, definir también una configuración política que no es otra que la de los que solo han existido para traicionar indefinidamente el contenido de la idea de socialismo”

¿Donde está el populismo?

6 Nov
“¿Dónde está el populismo, en los que nos quieren hacer creer que vamos por el buen camino, en los que nos dicen que la desigualdad es el precio para salir de la crisis o en los que hablan de hacer las cosas de otra manera?”

Artículo de Josep Ramoneda en El País (4 noviembre del 2014)

“Ciertamente, de la rabia a las urnas hay un buen trecho. De modo que hay que analizar con prudencia la escalada de Podemos en los sondeos que tanto pánico está generando tanto en las élites económicas como en los partidos hasta ahora hegemónicos. 2015 será un año de alta tensión en que los ciudadanos tendrán oportunidad de sancionar a los partidos políticos en una serie encadenada de elecciones municipales, autonómicas y generales que deberían marcar un punto de inflexión en la crisis social, institucional, territorial y moral que vive el país. El régimen bipartidista llega agotado a esta prueba. Por un lado, la falta de dirección política y de autoridad moral de un Gobierno atrapado por una estrategia de la dilación de los problemas que le ha conducido a la impotencia: todos los líos le están estallando en las manos a la vez. De otro lado, la incapacidad del PSOE de aparecer como una alternativa que de modo natural sustituya al averiado motor de la derecha, conforme a la lógica de la alternancia. La confianza en el PP está por los suelos, pero el valor del PSOE no aumenta como sería de esperar en función de la debacle del adversario. En esta situación, es natural que la ciudadanía busque en otra parte, y ahí está y estará Podemos, que en ocho meses ha subido de la nada a las máximas expectativas. El principal enemigo de Podemos es el miedo, que es la estrategia que ya han puesto en marcha los partidos tradcionales.

Decía Pankaj Mishra que “se subestima demasiado el factor humillación en la historia humana”. En este momento hay muchos sectores de la ciudadanía que se sienten profundamente humillados. Por el desdén con que les tratan los gobernantes y por el carrusel de la arrogancia de gentes con poder y dinero que ni siquiera bajan la cabeza en sus visitas a los juzgados. Según la encuesta de Metroscopia, el 89% de los ciudadanos ve la situación económica como mala y muy mala. Cuando el Gobierno se empeña en decir que la recuperación está en marcha y que vamos bien, la gente, que no ha notado ninguna mejora en su vida cotidiana, solo puede vivirlo como un engaño, una burla o una humillación.

pablo iglesias podemosPodemos ha tenido una osadía: la de tratar de convertir las semillas sembradas por los movimientos sociales en organización política para participar en las elecciones y aspirar a cuotas de poder. Y ha generado el gran desconcierto. Desde que, a partir de finales de los ochenta, la derecha, en toda Europa, consolidó su hegemonía ideológica y la socialdemocracia perdió pie y se fue difuminando hasta convertirse en muleta de los conservadores, los movimientos de protesta habían quedado reducidos a fogonazos emocionales de indignación moral que, a veces daban lugar a masivas manifestaciones callejeras, pero que se agotaban en sí mismos. Era el escenario ideal del bipartidismo: fuera del espacio de lo reconocido, solo había momentos de ruido. Esta vez no: hay la voluntad de construir un proyecto político. Y ahí está Podemos en este interesantísimo ejercicio de dar representación política institucional a algo salido de los márgenes, que, para sorpresa de muchos, se está traduciendo no solo en expectativas de voto sino también en una disminución de la conflictividad social porque hay una posible vía de canalización representativa de la protesta. Una empresa nada fácil, que rompe con el puritanismo radical que rechaza la implicación con las instituciones para entrar en la disputa del poder y en el reformismo.

Podemos surge de la insuficiencia de las acomodadas democracias bipartidistas en la fase actual del capitalismo. Y es beneficiario de la crisis de la socialdemocracia. Durante los años del capitalismo industrial, esta hizo una función mediadora que permitía componer entre los intereses de unos y otros. Las nuevas élites, con el poder de chantaje que les ofrece la globalización, enmascaradas en este inefable dios todopoderoso llamado los mercados que tiene a los gobiernos permanentemente en vilo, no ven la necesidad de hacer concesiones ni de pactar con los demás sectores sociales. Y la socialdemocracia se ha encontrado de golpe sin otro papel que el de recambio de la derecha. Ha quedado así un vasto campo que alguien tenía que ocupar. El primero en probarlo está siendo Podemos. Querer penetrar en un sistema cerrado provoca la reacción defensiva unánime de este. Pero el problema no es Podemos, es el estado del sistema y la incapacidad de sus defensores para reformarlo. En esta reforma deberían emplearse y no en descalificar sistemáticamente a Podemos con el tópico recurso al populismo.

En tiempos de Felipe González, España era uno de los países europeos con menor diferencial de rentas, es decir, con mayores niveles de igualdad; ahora, es el segundo con mayor desigualdad y crecimiento de la pobreza. Si este es el saldo de estos últimos años, y el Congreso de los Diputados no ha tenido a bien hacer siquiera un debate sobre la pobreza, ¿dónde está el populismo, en los que nos quieren hacer creer que vamos por el buen camino, en los que nos dicen que la desigualdad es el precio para salir de la crisis o en los que hablan de hacer las cosas de otra manera?”

Josep Ramoneda, “La osadía de Podemos” (El País, 4 noviembre del 2014)

Bertrand Russell: “Gente bien”

5 Sep
Articulo de Bertrand Russell Titulado ” Gente Bien “, recogido en su libro” Por qué no soy cristiano “. Un artículo que pese a haber sido escrito en 1931 no ha perdido actualidad.
Pienso escribir un artículo celebrando a la gente bien. Pero el lector puede desear saber primero quién es la gente que considero bien. Llegar a la cualidad esencial puede ser quizás un poco difícil, por lo cual comienzo enumerando ciertos tipos comprendidos en la deno­minación. Las tías solteras son invariablemente bien, en especial si son ricas; los sacerdotes son bien, excepto en los raros casos que se escapan a Sudáfrica con un miembro del coro después de simular un suicidio. Las muchachas, siento decirlo, son raramente bien actual­mente. Cuando yo era joven, la mayoría de ellas lo eran; es decir, compartían las opiniones de sus madres, no sólo acerca de los asuntos sino, lo que es más notable, acerca de los indi­viduos, incluso de los muchachos. Decían «Sí, mamá», «No, mamá», en los momentos apropiados; amaban a sus padres porque éste era su deber, y a sus madres porque evitaban que se desviasen lo más mínimo. Cuando se comprometían para casarse, se enamoraban con decorosa moderación; una vez casadas, reconocían como un deber el amar a sus espo­sos, pero daban a entender a las otras mujeres que aquél era un deber que realizaban con gran dificultad. Se portaban bien con sus padres políticos, aunque ponían en claro que otra persona menos amante del deber no lo habría hecho; no hablaban mal de las otras mujeres, pero apretaban los labios de una forma que indicaba que lo habrían hecho a no ser por su caridad angelical. Este tipo es el que se llama una mujer pura y noble. El tipo, ay, ahora existe apenas excepto entre las ancianas. Afortunadamente, los sobrevivientes tienen aún gran poder: presiden la educación, donde luchan, con bastante éxito, para mantener una hipocresía victoriana; presiden la le­gislación en lo relativo a los «problemas morales» y con ello han creado y fomentado la gran profesión del contrabando de alcoholes; aseguran que los jóvenes periodistas expresen las opiniones de las dignas ancianas en lugar de expresar las suyas, con lo que aumenta el alcance del estilo de tales jóvenes y la variedad de su imaginación psicológica. Mantienen vivos innumerables placeres que de otro modo habrían terminado en el hastío: por ejemplo, el placer de oír malas palabras en el escenario y de ver en él una mayor cantidad de piel desnuda de lo que se acostumbra. Especialmente, mantienen vivos los placeres de la caza. En una población rural homogénea, como la de un condado inglés, la gente está condenada a cazar zorros; esto es caro y a veces, peligroso. Además el zorro no puede explicar claramente cuánto le disgusta que le cacen. En todos estos respectos, la caza de seres humanos es un deporte mucho mejor, pero si no fuera por la gente bien, sería difícil cazar seres humanos con la conciencia tranquila. Los condenados por la gente bien son caza permitida; ante el grito del cazador, los cazadores se reúnen y la victima es perseguida hasta la cárcel o la muerte. Especialmente bueno es el deporte cuando la víctima es una mujer, ya que se sa­tisface la envidia de las otras mujeres y el sadismo de los hombres. Conozco en este mo­mento una mujer extranjera, que vive en Inglaterra, en una unión feliz y extralegal, con un hombre que la ama y a quien ama; desdichadamente sus opiniones políticas no son lo con­servadoras que sería de desear, aunque sólo son meras opiniones, que no se traducen en ac­tos. Sin embargo, la gente bien se valió de esto para informar a Scotland Yard y esa mujer va a ser devuelta a su país natal para que se muera de hambre. En Inglaterra, como en Esta­dos Unidos, el extranjero es una influencia moralmente degradante, y todos tenemos una deuda de gratitud con la policía por él cuidado que pone en que sólo los extranjeros excepcionalmente virtuosos tengan permiso de residir entre nosotros.
Bertrand RussellNo hay que suponer que toda esa gente bien sean mujeres, aunque, claro está, es mucho más común que la mujer sea bien y no el hombre. Aparte de los sacerdotes, hay muchos hombres bien. Por ejemplo, los que han hecho una gran fortuna y ahora están retirados de los negocios y gastan su fortuna en obras de caridad; los magistrados son también casi inva­riablemente gente bien. Sin embargo, no puede decirse que todos los defensores de la ley y el orden sean gente bien. Cuando yo era joven, recuerdo que una mujer bien dijo, como un argumento contra la pena .capital, que el verdugo no podía ser una persona bien. Personal­mente no he conocido a ningún verdugo, por b cual no he podido probar este argumento empíricamente. Sin embargo, conocí a una señora, que conoció en el tren a un verdugo, sin saber quién era, y cuando le ofreció una manta, porque hacía frío, él dijo: «Ah, señora, us­ted no haría esto si supiera quién soy», lo cual parece demostrar que después de todo era una persona bien. Esto, sin embargo, puede ser excepcional. El verdugo de la obra de Car­los Dickens, Barnaby Rudge, que categóricamente no es una persona bien, probablemente es más típico.
No creo, sin embargo, que debamos estar de acuerdo con la mujer bien que cité hace un momento y condenar la pena capital sólo porque el verdugo no suele ser una persona bien. Para ser una persona bien es necesario estar protegido de los rudos contactos con la reali­dad, y los destinados a realizar la protección no pueden compartir lo que preservan. Imagí­nese, por ejemplo, un naufragio en un navío que transporte diversos trabajadores de color; las pasajeras de primera clase, todas ellas presumiblemente mujeres bien, tienen que ser salvadas primero, pero, para que esto suceda, tiene que haber hombres que impidan que los negros salten a los botes y esto es raro que lo consigan por medios agradables. Las mujeres salvadas, en cuanto han sido salvadas, comenzarán a lamentar la suerte de los pobres negros que se han ahogado, pero su ternura es sólo posible por los hombres rudos que las defendie­ron.
En general, la gente bien deja la policía del mundo en manos de asalariados, porque piensan que ese trabajo no es propio de una persona bien. Sin embargo, hay un departamen­to que no delegan, el departamento de la difamación y el escándalo. La gente podría ser co­locada en una jerarquía de bondad por el poder de su lengua. Si A habla contra B y B habla contra A, se convendrá generalmente por la sociedad donde viven que uno de ellos está ejercitando un deber público, mientras que el otro se mueve por el despecho; el que ejercita el deber público es la persona más bien de los dos. Así, por ejemplo, una profesora es más bien que su auxiliar, pero la dama que ocupa un lugar en el Consejo de Educación es más bien que las dos. Una charla bien dirigida puede quitar a su víctima los medios de vida, e incluso cuando no se logra este resultado externo, puede convertir en pa­ria a una persona. Es, por lo tanto, una gran fuerza y debemos estar agradecidos de que esté en manos de la gente bien.
La principal característica de la gente bien es la costumbre laudable de mejorar la rea­lidad. Dios hizo el mundo, pero la gente bien piensa que ellos podrían haberlo hecho mejor. Hay muchas cosas en la obra divina que, aunque sería blasfemo desear que fueran de otro modo, convendría no mencionar. Los teólogos han sostenido que si nuestros primeros pa­dres no hubieran comido la manzana, la raza humana habría sido producida por alguna ino­cente forma de vegetación, como dice Gibbon. El plan divino, en este respecto, es seguramente misterioso. Está muy bien mirarlo, como hacen los susodichos teólogos, a la luz del castigo del pecado, pero lo malo de este criterio es que mientras esto puede ser un castigo para la li gente bien, los otros, ay, lo encuentran muy agradable. Parecería, por lo tanto, como si el castigo estuviera destinado a los que no les correspondía. Uno de los fines principales de la gente bien es recompensar esta injusticia indudablemente no intencionada. Tratan de asegurar que la forma de vegetación biológicamente ordenada se practique furtiva o frígidamente y que los que la practiquen furtivamente, al ser descubiertos, queden en po­der de la gente bien, debido al daño que les pueden causar con el escándalo. También tratan de conseguir que se sepa algo acerca del tema de’ un modo decente; tratan de que el censor prohíba los libros y las piezas teatrales que presenten el tema de un modo que no sea un motivo de malévola burla; esto lo logran siempre que tengan en su mano las leyes y la polí­tica. No se sabe por qué el Señor hizo el cuerpo humano como lo hizo, ya que se supone que la omnipotencia podría haberlo hecho de .modo que no escandalizase a la gente bien. Sin embargo, quizás hay una buena razón. En Inglaterra ha habido, desde el advenimiento de la industria textil en Lancashire, una estrecha alianza entre los misioneros y el comercio del algodón, pues los misioneros enseñan a los salvajes a cubrir el cuerpo humano, y con ello aumentan la demanda de artículos de algodón. Si el cuerpo humano no tuviera nada de vergonzoso, el comercio textil habría perdido esta fuente de ingresos. Este ejemplo demues­tra que no debemos temer nunca que la extensión de la virtud disminuya nuestros benefi­cios.
El que inventó la frase «la verdad desnuda» había percibido una importante relación. La desnudez escandaliza a la gente honrada y lo mismo sucede con la verdad. Cualesquiera que sean los intereses de uno, pronto se verá que la verdad es algo que la gente bien no ad­mite en su conciencia. Siempre que he tenido la desgracia de estar presente en un tribunal durante la audiencia de un caso del cual yo tenía algún conocimiento de primera mano, me ha sorprendido el hecho de que no hay una cruda verdad que pueda penetrar en esos augus­tos portales. La verdad que penetra en la sala de un tribunal no es la verdad desnuda sino la verdad con toga, tapadas sus partes menos decentes. No digo que esto se aplique a los jui­cios de crímenes claros, como el asesinato o el robo, sino a todos los que tienen un elemen­to de prejuicio, como los juicios políticos, o los juicios por obscenidad. Creo, en este res­pecto, que Inglaterra es peor que Norteamérica pues Inglaterra ha perfeccionado el dominio casi invisible y semiinconsciente de todo lo desagradable mediante los sentimientos de de­cencia. Si se quiere mencionar en un tribunal de justicia cualquier hecho inasimilable, se hallará que el hacerlo es contrario a las leyes de la prueba y que, no sólo el juez y el aboga­do de la parte contraria, sino el propio abogado evitarán que el hecho se mencione.
La misma clase de irrealidad invade la política, debido a los sentimientos de la gente bien. Si se trata de convencer a una persona bien de que un político de su partido es un mor­tal ordinario, en nada mejor que el grueso de la humanidad, rechazará indignadamente la sugestión. Por consiguiente, ‘los políticos necesitan aparecer inmaculados. En la mayoría de las ocasiones, los políticos de todos los partidos se unen tácitamente para evitar que se sepa cualquier cosa que dañe a la profesión, pues la diferencia de partido generalmente divide menos a los políticos de lo que los une la identidad de profesión. De esta manera, la gente bien puede conservar la pintura amable de los grandes hombres de la nación, y a los niños de la escuela se les puede hacer creer que la eminencia sólo se alcanza mediante grandes virtudes. Hay, es cierto, épocas excepcionales en que la política se hace realmente áspera y, en todos los tiempos, hay políticos que no son considerados lo bastante respetables para pertenecer a ese gremio extraoficial. Parnell, por ejemplo, fue primero inútilmente acusado de colaborar con asesinos, y luego victoriosamente convicto de un delito contra la morali­dad, como el que, claro está, ninguno de sus acusadores había soñado cometer. En nuestros días, los comunistas en Europa y los radicales extremistas y agitadores sindicales en Esta­dos Unidos están fuera del palio; ninguna corporación de gente bien les admira y, si delin­quen contra el código convencional, no deben esperar merced. De este modo, las convic­ciones morales de la gente bien se unen con la defensa de la propiedad, y así prueban una vez más su inestimable valor.
La gente bien mira con recelo el placer donde lo ve. Saben que el que aumentó la cien­cia aumentó el dolor, y por lo tanto suponen que al aumentar el dolor se aumenta la ciencia. Por lo tanto, creen qué al difundir el dolor difunden la sabiduría; como la sabiduría es más preciosa que los rubíes, se sienten justificados al pensar que realizan el bien cuando hacen esto. Por ejemplo, construyen un parque de diversiones infantiles con el fin de convencerse de que son filantrópicos, y luego imponen tantas regulaciones para su uso que ningún niño disfrutará allí como en la calle. Hacen cuanto pueden para impedir que los teatros y lugares de recreo estén abiertos los domingos, porque es el día en que se pueden utilizar. A las em­pleadas jóvenes se les impide que hablen con los jóvenes. La gente más bien que yo he co­nocido ha llevado esta actitud al seno de la familia y ha hecho que sus hijos jueguen sólo a juegos instructivos. Sin embargo, lamento decirlo, este grado de bondad se está haciendo menos común. Antiguamente se enseñaba a los niños que Dios con un golpe de su vara todopoderosa envía rápidamente al infierno a los jóvenes pecadores, y se entendía que esto ocurriría si los niños eran turbulentos o se dedicaban a cualquier ac­tividad no aprobada por el clero. La educación basada en este punto de vista se expresa en The Fairchild Family, una obra valiosísima acerca de cómo se puede producir gente bien. Sin embargo, conozco muy pocos padres que en la actualidad vivan de acuerdo con estas altas normas» Se ha hecho tristemente común el deseo de que los niños disfruten, y es de temer que los que han sido educados de acuerdo con estos relajados principios no muestren cuando sean mayores el adecuado horror al placer.
Me temo que se esté acabando la época de la gente bien; dos cosas la matan. La prime­ra es la creencia de que no hay peligro en ser feliz con tal de que no se haga daño a nadie; la segunda es el asco de la farsa, un asco tanto estético como moral. Ambas rebeldías fueron fomentadas por la guerra, cuando la gente bien de todos los países estaban en el gobierno, y en nombre de la más alta moralidad inducían a los jóvenes a matarse los unos a los otros. Cuando todo hubo terminado, los sobrevivientes comenzaron a preguntarse si las mentiras y las miserias inspiradas por el odio constituían la más alta virtud. Me temo que pase algún tiempo antes de que se les pueda convencer para que acepten esta doctrina fundamental de toda ética realmente elevada.
La esencia de la gente bien es que odian la vida tal como se manifiesta en las tenden­cias de cooperación, en la turbulencia infantil y sobre todo en el sexo, cuyo pensamiento les produce obsesión. En una palabra, la gente bien es la gente de mente sucia.

Escrito en 1931
Traducido por Josefina Martínez Alinari
Buenos Aires, EDHASA, 3ª edición, 1979
Foto: Bertrand Russell at his desk at UCLA in 1940 by Peter Stackpole—Time & Life Pictures Getty